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Mi Kosta Trail 2013

Se puede decir que la de ayer fue una gran carrera. Me fui muy satisfecho a casa, y aunque cojo, pero no sabría decir nada malo sobre lo vivido ayer. Varias razones hacen que la Kosta Trail 2013 haya sido una bonita experiencia: unas parecían malas y hubo que mirarlas por el lado bueno, y otras, eran buenas de por sí.
Comenzando por orden cronológico, la semana pasada unas molestias bastante dolorosas en la rodilla derecha y la cadera me hicieron pensarme más de dos y tres veces si correr o no. Querer, quería, pero me era imposible dar dos pasos sin latigazos. Empecé entonces a cuidarme bien, con hielo y pocos esfuerzos, y finálmente me lancé, sin ninguna certeza de acabar la carrera, pero dispuesto a darlo todo y comprobar hasta donde aguantaría mi cuerpo.
Ya ayer, al llegar al parking de Gorliz para dejar el coche alguien comentó que se estaba debatiendo el suspender la carrera. La lluvia y el viento eran motivo suficiente, pero una vez llegado el momento, no podía venirse el plan abajo. Confiamos en que se pudiera seguir adelante, y nos plantamos en la salida de Sopelana con ganas de mambo. Así, a la hora prevista y con el tiempo más calmado, partimos. El barro, el viento y la niebla no permitieron gozar del bonito paisaje costero, pero en especial el suelo embarrado fué algo con lo que personalmente disfruté como un cochino. Como digo, a lo malo siempre hay que buscarle el lado bueno.
La primera cuesta fué de traca. Apelotonados, gracias al compañerismo, poco a poco fuimos subiendo. Aprovecho este post para pedir perdón por haber partido la carrera en dos, tras pasarme más de diez segundos dando zancadas en el mismo sitio, sin avanzar ni diez centímetros, y haciendo un tapón que seguro hizo que más de uno me maldijera.
En el primer punto de avituallamiento, mi compinche Sergio y yo nos reunimos, y ambos llevábamos la sensación de haber hecho una gran distancia. Era el kilómetro cinco.
De ahí en adelante, comenzaron algunas bajadas peligrosas en las que vi una caida de las de romperse huesos, y otra en la que mientras derrapaba y me agarraba a los árboles, alguien fuera de control me dijo que eso era "lo más liviano". Pues menos mal...
La llegada a La Salvaje fué un buen momento para tomar aire, corriendo en una playa desierta en la que el mar rugía con fuerza y el aire aliviaba el cansancio, a la vez que oponía gran resistencia. Pronto la sonrisa se me fué de la cara para ascender y seguido descender a la playa de Sopelana. Segundo avituallamiento, en el que un servicial chaval se lanzó a darme una onza de chocolate porque mis manos eran dos plastazos de barro. Pero ahí comenzo de nuevo el dolor del lado derecho, y mi preocupación. Intenté cambiar la pisada, y suavizar el golpe en la arena. Aunque el dolor se dejaba notar especialmente en los apoyos cuesta abajo y zonas irregulares, los tramos de hierba me beneficiacion de ahí hasta Plentzia, y así pude aguantar el dolor bastante bien. Tratar de olvidarme de ello, los innumerables charcos en los que me metí hasta la rodilla, los patinazos cuesta abajo, los ánimos de la marcha de 20 km. y la concentración en el terreno fueron de bastante ayuda. En este punto, debo agradecer al Tío de la Vara el haberme agarrado por la camiseta cuando estuve a punto de caer sobre otros tres corredores en un fuerte desnivel cerca de Plentzia. No se patinó, y tan solo con su vara y mucha fuerza, me levantó y así pude seguir adelante.
Se iba acumulando la fatiga, y aún quedaba cruzar la playa y el ascenso hasta Ermuamendi. En este punto bajé el ritmo, porque la bebida y la comida no me suponían ya un gran aporte y me faltaban fuerzas. Parecía una subida infinita, el viento castigaba más que nunca, trababa los pies en las bajadas...y la niebla no permitía ver más alla de 30 metros para asimilar el siguiente tramo. El paso por los bunkers fué un puntazo, y a la salida, me sobrevino el gran bajón. Intenté pensarlo poco, y así llegué a la bajada, hecha literalmente por en medio del riachuelo que bajaba por el camino. Dejándome llevar cuesta abajo, alcancé el último kilómetro, y ya en el paseo de la playa, el cuerpo no daba para más.
En los últimos metros, con lo más deseado a la vista, saqué algo de fuerza para un último sprint, cumpliendo así con el que ha sido el objetivo de las últimas semanas. Y aunque la ducha posterior fué de agua fría, la cojera es considerable, y alguna parte de mi cuerpo guarda las marcas de zarzas y piedras. mereció la pena participar en la Kosta Trail 2013.